viernes, 12 de julio de 2013

La realidad del naufragio


Y de repente las ambiciones dejan de tener sentido. Lo construido mentalmente en su cabeza deja de importar, porque de pronto nada importa. Los sueños que creía suyos ya no sabe de quien son y en el fondo siente que es algo que le inculcaron como modo de vida a seguir. Tenía que ser la mejor. Siempre tenía que ser la mejor para triunfar y llegar lejos. Pero ¿qué era llegar lejos? ¿Qué clase de felicidad escondía esa expresión que tantas veces la habían repetido? "Llegarás lejos". Y sin embargo ella no sabía donde quería ir y mucho menos al lugar dónde llegaría.

Sentía además, que aunque quisiera, no tenía la capacidad para llegar a donde ellos querían que llegara. Sentía que había tenido suerte. Ignoraba como había llegado donde estaba y por eso mismo se veía incapaz de ir más allá. Era la inercia y el azar, los que había operado de un modo sorprendentemente idóneo para situarla donde estaba. Para situarla realmente en una mentira imaginaria. No había llegado a nada y sin embargo las expectativas de aquellos que tenía a su alrededor no hacían más que crecer amparándose en un éxito que ella no percibía.

Se sentía mediocre en un mundo de excelentes. Se miraba en los otros como espejo y se sentía sólo una mota de polvo a su lado. Y sentía rabia. No por saberse inferior sino porque sabía que había personas que esperaban de ella ese grado de excelencia que no poseía y que nunca llegaría a alcanzar. No tenía cualidades, salvo aquellas que en el fondo despreciaba porque consideraba grandes defectos. No tenía armas, sólo argumentos vacíos que sabía hacer que sonarán bien. Era la perfecta actriz del teatro de su vida. Nada más. Capaz de aprender el papel como aquel que aprende la tabla periódica sin tener ni idea que significa cada elemento. Para unos era simplemente unos ojos azules capaces de sonreír y para otros era la fachada de aquel edificio que escondía las oscuras ruinas en su interior.

Tenía miedo de enfrentarse a la verdad. Tenía pánico. Siempre había tenido muchos miedos que había disimulado una y otra vez. Pero ese se le antojaba incorregible. Miedo a no estar a la altura. Miedo a pasar por la vida siendo únicamente un ser inanimado incapaz de aportar algo al mundo. Había soñado tantas veces en ser como alguno de sus "héroes" favoritos, que la vida le parecía carente de sentido sino podía ser más que aquello a lo que se veía abocada. Había soñado tantas veces con aportar algo a este universo...

Pero ahí estaba ese miedo al fracaso. Esa certeza del mismo. Ese sueño lánguido que terminaba convirtiéndose en pesadilla al minuto de idearlo. Lo había tenido tan claro una vez, había estado tan segura de su éxito entonces, que no había pensando en qué vendría después. No podía culparse. Era una niña cuando de creyó capaz, pero crecer le hizo darse cuenta de los límites que la realidad nos impone a los mortales. ¡Qué felices son los niños que se creen capaces de lo imposible!

Se había pasado la vida huyendo hacia delante, con las negativas consecuencias que eso genera en las personas. Nada que se construye en plena huida puede construirse de manera solida, y sus cimientos se veían ahora resquebrajados. Había huido hacia el futuro desde que tenía memoria. Había avanzado únicamente con la idea de instaurar el olvido en aquellas etapas, pero una y otra vez se había vuelto a chocar con ellas cuando las pensaba extintas.

Tenía 24 años y no había conseguido absolutamente nada de lo que se había propuesto como objetivo para esa fecha. Nada. Ni siquiera lo más simple de todos sus proyectos. Se había levantado un día y se había dado cuenta. Y recordó esa frase de Neruda (siempre frases de otros), que decía:  “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. Probablemente se había encontrado y ahora no sabía qué hacer. No podía quedarse en la cama eternamente, tarde o temprano tendría que asumir su descubrimiento. Tarde o temprano.

Era momento de frenar la huida, de cerrar el cajón de las fantasías y vivir en la infamia descubierta. Las expectativas debían morir y la soñadora por excelencia tenía que aceptar la certeza de la verdad. La realidad del naufragio. 

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