Las peores tormentas son las que no se ven, las que parece
que no están, las que ignoramos una y otra vez e incansablemente se repiten.
Las peores tormentas son las que se dan bajo el mar en
calma, las que tampoco tienen un motivo claro sino que son únicamente la suma
de varias marejadas pequeñas que no se aprecian… ¿total una más? Y una a una
forman la tormenta que el barco no sabe manejar, que le hace virar y
desaparecer durante un momento tras el temporal.
Las peores tormentas, son las que se dan en mar abierto, las
que están tan alejadas de la orilla que nadie percibe, las que nadie contempla,
ni aprecia. Por eso a pesar de ser las peores, también son las mejores. Son a
solas con el mar. Son a solas.
El oleaje ligero de la superficie, las esconde, las encubre,
porque en el fondo esa es su belleza: estar y no estar al mismo tiempo. Pasar
de la furia insana a la sonrisa apacible. Mientras el barco lucha por
mantenerse con el timón al frente, mientras lucha y una parte desea dejarse
abandonar a la tormenta, ¿porque, quién osa luchar contra la naturaleza? Ese
instante en el que se siente derrotado, en el que oye la melodía. Probablemente
de un piano. Porque siempre es un piano.
Y sueña, sueña que en el fondo la tormenta tiene que pasar y
que no puede mantenerse firme en el timón eternamente. Nadie puede mantenerse
firme eternamente. Puede fingirse firme, pero serlo es imposible. Y sigue
escuchando la música, las notas que martillean y a la vez relajan. Y es la
misma lista de música, el mismo sueño, las mismas olas, el mismo barco, pero
distinta tormenta. Distinta pero tan parecida a la anterior…
La música sigue sonando, los Nocturnos de Chopin siempre
están ahí. Y sólo tiene esa noche para dejarse abandonar a la tormenta, sólo
una noche. ¿Quién necesita más?
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