¿Cómo expresar las palabras que se quedan encalladas en nuestra
garganta, temerosas a salir? Debe haber alguna forma de decir lo que nunca se
dice, de mostrar lo que nunca uno muestra, sin ser descubierto por ello. El riesgo
de las palabras, de los actos… el riesgo de la vida que culmina en la certeza
de la muerte.
Y los Réquiem nos recuerdan la belleza de eso que algunos
temen, pero donde está el temor, ¿en la muerte, o en la fugacidad de la vida? El
tiempo que nos martiriza de tantas formas posibles, mientras lo único que
debería preocuparnos es buscar la forma de vivir. Encadenar los días unos con
otros como una larga cadencia de notas que solo reflejan vacio, no es la vida y
entonces el día que la muerte nos alcance, porque a todos nos alcanza, nos
miraremos en nuestros propios ojos dándonos cuenta de que hemos perdido aquello
tan valioso que teníamos, que era a nosotros mismos.
Pero, ¿qué ocurre si nos molestamos y esforzamos en
vivir? Terminamos asustados de nuestro
propio ser, condenándonos internamente por ser diferentes, por haber roto el
molde de las almas simples y vacías para llenarnos. No somos monstruos por
vivir, los monstruos son aquellos que cubiertos de una máscara de vida llena,
lo único que hacen es darle vueltas a un vaso vacio convenciéndose así mismo de
que está relleno de aire y que ese es
valioso, cuando no es nada. Cuando no es absolutamente nada.
Los románticos de verdad, los del siglo XIX, aquellos que se
quitaban la vida ante la fatalidad de la misma, la fatalidad de no llegar nunca
a comprender lo infinito de su alma y su ser, nos enseñaron muchas cosas, y
lamentablemente tenían razón. Vivimos en un mundo donde nunca conseguiremos
entender todo, pero a lo mejor como decía el maestro Wilde debemos disfrutar de
la belleza de la incertidumbre. Del no saber, de la ignorancia sobre eso que
llamamos interior, razón, ser, alma… el yo.
Debemos vivir para que cuando respiremos nuestro último
suspiro, no pensemos en si somos buenos, malos, monstruos, seres con alma,
seres sin ella, o simplemente seres. Debemos vivir de tal modo que cuando
respiremos por última vez, sintamos que hemos vivido como nadie podía haberlo
hecho.
Esa es la vida, esa es la muerte, esa es definitiva la razón
por la que nos embarcamos en esta aventura llamada existencia.
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