domingo, 14 de octubre de 2012

Esta aventura llamada existencia

¿Cómo expresar las palabras que se quedan encalladas en nuestra garganta, temerosas a salir? Debe haber alguna forma de decir lo que nunca se dice, de mostrar lo que nunca uno muestra, sin ser descubierto por ello. El riesgo de las palabras, de los actos… el riesgo de la vida que culmina en la certeza de la muerte.

Y los Réquiem nos recuerdan la belleza de eso que algunos temen, pero donde está el temor, ¿en la muerte, o en la fugacidad de la vida? El tiempo que nos martiriza de tantas formas posibles, mientras lo único que debería preocuparnos es buscar la forma de vivir. Encadenar los días unos con otros como una larga cadencia de notas que solo reflejan vacio, no es la vida y entonces el día que la muerte nos alcance, porque a todos nos alcanza, nos miraremos en nuestros propios ojos dándonos cuenta de que hemos perdido aquello tan valioso que teníamos, que era a nosotros mismos.

Pero, ¿qué ocurre si nos molestamos y esforzamos en vivir?  Terminamos asustados de nuestro propio ser, condenándonos internamente por ser diferentes, por haber roto el molde de las almas simples y vacías para llenarnos. No somos monstruos por vivir, los monstruos son aquellos que cubiertos de una máscara de vida llena, lo único que hacen es darle vueltas a un vaso vacio convenciéndose así mismo de que está relleno  de aire y que ese es valioso, cuando no es nada. Cuando no es absolutamente nada.

Los románticos de verdad, los del siglo XIX, aquellos que se quitaban la vida ante la fatalidad de la misma, la fatalidad de no llegar nunca a comprender lo infinito de su alma y su ser, nos enseñaron muchas cosas, y lamentablemente tenían razón. Vivimos en un mundo donde nunca conseguiremos entender todo, pero a lo mejor como decía el maestro Wilde debemos disfrutar de la belleza de la incertidumbre. Del no saber, de la ignorancia sobre eso que llamamos interior, razón, ser, alma… el yo.

Debemos vivir para que cuando respiremos nuestro último suspiro, no pensemos en si somos buenos, malos, monstruos, seres con alma, seres sin ella, o simplemente seres. Debemos vivir de tal modo que cuando respiremos por última vez, sintamos que hemos vivido como nadie podía haberlo hecho.

Esa es la vida, esa es la muerte, esa es definitiva la razón por la que nos embarcamos en esta aventura llamada existencia.

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