miércoles, 3 de octubre de 2012

En mi propia trampa


Es probable que haya caído en mi propia trampa de no mostrar nunca lo que siento. Mi incapacidad para desnudar mi alma como uno desnuda el cuerpo, destroza mis sentidos y me deja en pedazos que sujeto levemente con esperanza de que no sople el viento y los descubra. Mis mil capas que cubren aquello que me da pánico mostrar pesan cada día un poco más, alejándome de demasiadas cosas que ahora me resultan importantes.
Leí no hace mucho que la mejor forma de que a uno no le partan el corazón es fingir que no se tiene. Y eso es precisamente lo que he estado haciendo en los últimos periodos de mi vida. Mostrar la roca dura en lugar del alma palpitante que yace bajo esta. He construido tantas murallas de ladrillo alrededor, que el cemento usado ha pasado a ser la sangre que finjo que corre por mis venas. Dejando la real a un lado incierto. Y cuando de repente la sangre vuelve a brotar, el corazón palmita y la respiración se entrecorta... lo disfrazo, lo cubro de máscaras, miedosa de una reacción dolorosa que me hiele la sangre de forma ajena a mi voluntad.
El nido de sierpes del que he vestido mi alma no existe, y aunque quiera vender una imagen cierta de ello ya no puedo. Ya es imposible para el resto confiar en cual de mis partes es la verdadera, la de sierpes o la de seda que guardo escondida en esta...
Y en el fondo soy como aquella estrofa que escribió el poeta romántico "Yo en fin soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume misterioso del que es vaso el poeta". Soy un vaso esperando a ser completado pero que cubro con una tapa temerosa de que lo que vaya a recibir sea más frustrante que el vacío.
He caído en mi propia trampa... He sido tan buena en el papel de insensible, en el papel de Medusa capaz de congelar en piedra a cualquier ser... fingirme de piedra a mi misma... Una piedra que ya nadie creerá que pueda estar derretida, y no puedo culparles por ello. Pero en el fondo, a pesar de las mil capas, de los mil temores, sólo soy una mujer capaz de dejar de respirar por una tenue mirada.

1 comentario:

Carmen Zamora dijo...

El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso - reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

El Libro de los Abrazos- Eduardo Galeano