Es probable que haya caído en mi propia trampa de no mostrar
nunca lo que siento. Mi incapacidad para desnudar mi alma como uno desnuda el
cuerpo, destroza mis sentidos y me deja en pedazos que sujeto levemente con
esperanza de que no sople el viento y los descubra. Mis mil capas que cubren
aquello que me da pánico mostrar pesan cada día un poco más, alejándome de
demasiadas cosas que ahora me resultan importantes.
Leí no hace mucho que la mejor forma de que a uno no le
partan el corazón es fingir que no se tiene. Y eso es precisamente lo que he
estado haciendo en los últimos periodos de mi vida. Mostrar la roca dura en
lugar del alma palpitante que yace bajo esta. He construido tantas murallas de
ladrillo alrededor, que el cemento usado ha pasado a ser la sangre que finjo
que corre por mis venas. Dejando la real a un lado incierto. Y cuando de
repente la sangre vuelve a brotar, el corazón palmita y la respiración se
entrecorta... lo disfrazo, lo cubro de máscaras, miedosa de una reacción
dolorosa que me hiele la sangre de forma ajena a mi voluntad.
El nido de sierpes del que he vestido mi alma no existe, y
aunque quiera vender una imagen cierta de ello ya no puedo. Ya es imposible
para el resto confiar en cual de mis partes es la verdadera, la de sierpes o la
de seda que guardo escondida en esta...
Y en el fondo soy como aquella estrofa que escribió el poeta
romántico "Yo en fin soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume
misterioso del que es vaso el poeta". Soy un vaso esperando a ser
completado pero que cubro con una tapa temerosa de que lo que vaya a recibir
sea más frustrante que el vacío.
He caído en mi propia trampa... He sido tan buena en el
papel de insensible, en el papel de Medusa capaz de congelar en piedra a
cualquier ser... fingirme de piedra a mi misma... Una piedra que ya nadie
creerá que pueda estar derretida, y no puedo culparles por ello. Pero en el fondo,
a pesar de las mil capas, de los mil temores, sólo soy una mujer capaz de dejar
de respirar por una tenue mirada.
1 comentario:
El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso - reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
El Libro de los Abrazos- Eduardo Galeano
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