sábado, 3 de noviembre de 2012

Maldita inteligencia que veía

Quién podía pensar en comer cuando no era capaz de pensar ni en respirar. Bloquear. Aquel magnífico mecanismo del que tanto había hablado al resto, volvía a serle necesario de nuevo. Aquella capacidad de romperse en pedazos y empezar el proceso de reconstrucción, sin que nadie a su alrededor se diera cuenta le resultaba increíblemente útil.

Le costaba horrores descongelarse, era increíblemente difícil que la sangre volviera a fluir, pero sin embargo era capaz de volver a ser hielo en un segundo. De volver a construir la pared con su rostro impenetrable en cuestión de instantes. ¿Qué dentro hubiera tempestad? Ese era otro asunto con el que ella lidiaría, con el que ella aprendería a llevar los días hasta que se vaciara. Como una mudanza interna, donde tenía que tirar los muebles, hasta volver a sentir aquel vacío que le era tan familiar y que tanto había detestado otras veces.

Se pasaba la vida detestando el vacío, pero sin embargo cuando la habitación se llenaba y tenía que hacer mudanza lo echaba de menos. Montar y desmontar, que estupidez. Tenía que decidir de una vez que quería de sus días: pasarse la vida de mudanza o dejar aquella estancia vacía e impoluta indefinidamente. Sabía que tarde o temprano querría volver a llenarla, lo sabía. Pero también sabía que aquello era un trabajo tortuoso y que quizá debía vaciarla de una vez por todos, pintarla de blanco impoluto y cerrar aquella puerta con una llave que no fuera capaz nunca nadie de volver a encontrar.

Recuperar el aire, eso era lo único que tenía que hacer ahora. Recuperar la respiración. Dónde y cómo, le eran indistintos. El minutero avanzaría, el reloj no cesaría en su empeño de pasar las horas que serían días, hasta volver a respirar de nuevo.

Bloquear. Nueve de cada diez lo recomendaban, pero el décimo era el único que sabía que sólo funcionaba cinco minutos. Pero cinco minutos, tras cinco minutos sería lo necesario para traspasar el invierno y ser un fuerte trozo de hielo cuando llegara la primavera. 

Y sin embargo quería decir tantas cosas y a la vez no decía nada. No sabía qué decir o qué no decir, que callar o no, no sabía qué instante bloquear en su pequeña cabecita insostenible. Podía decir tantas cosas pero sólo tenía una en la mente: Lo sabía. Sabía que haría mudanza con esos muebles, sabía que habría de congelarse de nuevo. Maldita inteligencia que veía.

 

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