viernes, 4 de mayo de 2012

El infierno del que tanto se habla

El mundo puede decirnos muchas cosas, de las más diversas maneras posibles que tiene de llegar hasta nosotros. Pero generalmente el mayor problema que tenemos somos nosotros mismos.

Nuestra cabeza indeleble que piensa de esa forma retorcida y sin piedad es la que nos lleva a las situaciones más angustiosas que tenemos. Es una estupidez porque probablemente sean meras pequeñeces que se agolpan en nuestra inusitada razón para hacernos vivir en una clase de ficción mental que no comprendemos.

Estamos engullidos por una masa negra que somos nosotros mismos. El mundo puede decirte que eres un ser maravilloso, que si dentro de ti no lo sientes de nada sirve. El sentimiento, que es maquiavélico hace que cabeza y corazón jueguen con un nudo de nervios o hilos, que llamamos vida.

No lo puedes explicar, no lo puedes entender, o a lo mejor simplemente no lo quieres etiquetar. Eso suele pasar. Nos escudamos en el desconocimiento del problema cuando en verdad lo conocemos, pero tenemos el mayor miedo de todos, el miedo a pronunciarlo y hacerlo real.

Unir las letras que generan esas frases que nos llevan por el camino correcto hacia el abismo. ¿Pero qué es el abismo? ¿Qué es el infierno? El infierno no es un lugar sombrío lleno de llamas y fuego. El infierno puede ser simplemente una sala impoluta y aparentemente perfecta donde la persona se martiriza. Queremos huir de algo pero no podemos porque está dentro de nosotros… ¿y no lo comprendemos? ¿O simplemente fingimos no comprenderlo por qué es más fácil de ese modo?

Los días pasan unos con otros, minutos iguales, inservibles, monótonos, vacios… el tiempo, ese imperturbable ser que nos dice que estamos anclados a algo más grande que se escapa de nosotros. Nuestra mente finita, cargada de sueños infinitos se aferra a un tiempo que malgasta en encontrar las respuestas inocuas que se supone nos harán más felices. Pero el tiempo, el desplazarse de los segundos, unos en pos de otros no se detiene, nos lleva a la fatalidad de la que todos queremos escapar. Meros esclavos de un reloj sin agujas. Eso es lo que somos.

Y nada importa, ahora nada importa y a veces sientes que matas el tiempo, y es literal. Estás matando un minuto que no volverá, un segundo que se evaporará antes de que te des cuenta, un valioso instante que ya no volverá a no ser que lo hayas llenado. Y cuando tienes acumulados tantos minutos vacios…

Detesto el tiempo que se esfuma en nuestras manos, en mis dedos. Detesto el devenir de los instantes, pero esa es la fatalidad de este mundo, el infierno del que tanto se habla: el inexorable paso del tiempo.

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