Hay noches en las que se te eriza la piel sin ningún motivo.
Vacías y solitarias noches, que de repente te hacen estremecer. Podría decir
que se debe a un recuerdo, a un suspiro, pero no. Únicamente tu mente está en sintonía
con el resto y una chispa recóndita se aloja en tu piel diciéndote que estás
viva.
Sintiendo como algo te dice que escribas, sin saber muy bien
que escribir, pero golpeando las teclas una a una, guiada por un instinto
interior que hace mucho que no sientes. No miras la pantalla, no miras lo que
escribes, sólo sientes fluir dentro, sientes cada tintineo que das contra las
teclas de ese portátil, que hacía mucho que no sentías como sientes ahora a
pesar de vivir constantemente pegada a él.
Te gusta oír como suena el teclear que forma las palabras
que nacen en tu mente y terminan en el papel. La pantalla en blanco que desde
hace tiempo te bloquea se está llenando de caracteres que no tienes muy claro
que significan pero que sabes que quieres escribir. ¿Es la noche? ¿Es tu propio
yo diciendo lo que hay? ¿Es la fecha curiosa de esta noche la que te susurra
tibias palabras desde ese lugar que tú sabes?
No tienes respuestas pero sólo cierras los ojos y sigues
escribiendo, y no sabes el que pero de repente está dentro de ti, se empañan
tus ojos, y tiembla tu interior. Y escribes, y es ella, sabes que ha sido ella
la que lo ha generado. Qué importa si quien lo lee piensa que estás loca, sabes
que ese “run run” en la cabeza de estos días pasados ha culminado en esta
noche. La noche. La noche en la que ha vuelto a susurrarte las palabras que se escabullen
entre tus dedos.
Y qué más da si lo que escribo tiene sentido o no lo tiene,
sólo escribo, con más alma de lo que había escrito en meses, simplemente
escribo. Por ella, por mí, por no sé muy bien por qué. Y hoy en su cumpleaños,
no soy yo la que le hace el regalo que desde hace tantos años no puedo hacerle,
sino que es ella la que me regala las palabras que llenan este papel.
Felicidades mamá, allá donde estés gracias.
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