Estos días frenéticos casi hacen que me olvide de mirar el
calendario y ver que día es hoy. No es algo que me haga mucha falta, pues lo que
siento cada 8 de febrero, es lo mismo que siento cada día de mi vida, desde
aquel año 95. Pero de repente mirar el calendario y ver 8 de febrero, como
siempre mi interior ha temblado más de lo normal, porque hoy no es un día más
de esta maraña de tiempo que es la vida.
Hace 17 años ya un fatídico día como hoy perdí probablemente
lo más importante que tenía y que toda persona tiene en su vida. Hace 17 años
de repente un pedazo de mí se fue a algún lugar que sólo a veces se deja
entrever entre la niebla del alma que guardamos todas las personas.
Se fue. El mundo quiso que se fuera y me dejará anclada a
este mundo rodeado muchas veces de vacío al que llamamos vida. Me dejó
infinitas cosas, pequeños recortes de una infancia que a veces trato de no
recordar para no caer en la melancolía eterna que puede provocar desenterrar
los recuerdos cada día. Se fue, aunque para mí esté aquí al lado. Se fue.
Los días, y los años han pasado, y siempre volvemos al día
de hoy, al día en que la caja no puede estar cerrada, el día en el que me
permito ser más libre de todo aquello, el día en que todo gira a su alrededor. Un
8 de febrero, un día que nunca podrá ser normal.
Y entonces sin saberlo siento frio, siento ganas de
escribir, siento ganas de cerrarme en torno a algo que no sé muy bien que es.
Ella que siempre me ha susurrado las palabras desde donde se encuentre es como
si hoy estuviera más cerca, más de mí, aunque eso es difícil. Siempre va conmigo,
sin decir nada ni ella ni yo. Estoy segura de que guarda mi camino.
Y escribo, llevada por las entrañas de mi alma escribo, como
tantas veces he hecho, como tantas veces me he perdido en las palabras…escribo…
y quizá ella me lea… quizá donde esté mi madre, le lleguen las palabras de este
papel que son de ella.
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