miércoles, 10 de agosto de 2011

¡Maldita sea!

Habías desaparecido. Lo sueles hacer en mi memoria por un tiempo, pero no sé porque siempre acabas volviendo. Alguien pronuncia tu nombre, alguien lleva tu perfume, alguien me recuerda a ti y entonces vuelves. Y la batalla librada esas pocas semanas desaparece como deberías desaparecer tú.

Lo intento. De verdad que lo intento. Tanto que a veces consigo que no estés. Te he buscado tantos sustitutos que ya no recuerdo algunos nombres. Siempre con algo común a ti. Siempre con algo que me recordara a ti.

Te he hecho a ti mismo un sustituto de ti. Suena raro e incomprensible, algo digno de mí. He intentado sustituir al tú que conocí por el tú que conozco ahora. Y ni siquiera eso funciona. Estoy anclada a mis recuerdos. A mis malditos recuerdos. A las palabras que escribiste sin querer en ese trozo de hielo que guardaba por corazón.

El poder de los recuerdos de ser avivados con un simple roce. Tan débiles, tan duraderos, tan maquiavélicos. Y sólo me duelen los recuerdos. Es curioso ver lo inocuo que puedes resultarme tú a veces, y lo mortíferos que son mis propios recuerdos.

Quizá sea que al fin y al cabo lo que más me duele soy yo. Porque soy yo la que se condenó al no escucharse a sí misma. Me duelen los recuerdos, por el amor propio que va anclado a ellos, por el orgullo que se desprende de ello. Por los mil y un defectos que poseo y que no puedo callar junto con los recuerdos.

Y habías desaparecido. Tantas veces he creído que habías desaparecido, que cuando vuelves a ocupar ese espacio que guardo en mi cabeza, los muebles apilados tiemblan. Porque no deberías volver, porque no debería dejarte volver a invadir mis pensamientos. Pero ¿cómo ponerle diques al mar? ¿cómo puedo ser mi verdugo y a la vez mi salvador? No puedo entender tantas cosas de mi misma desde entonces, no puedo entender en definitiva tantas cosas.

La noche ha traído con sus estrellas el recuerdo de aquella noche en que por primera vez me senté en donde estoy ahora y escribí las primeras palabras de la historia que ocuparía mis páginas tanto tiempo. Sólo espero que al alba, cuando las estrellas desaparezcan, desaparezcan también todas las palabras que escribí y con ellas todos los recuerdos, levantándome en una mañana clara, digna de alguien que no merece ser torturada por su propia memoria.

¡Maldita seas memoria, maldita seas!

No hay comentarios: