miércoles, 10 de agosto de 2011

Aquella tarde en las nubes

Puedo recordar el sol sobre mi frente, puedo recordar el sonido de las hojas, las nubes, puedo recordar aquella tarde. Otra más de las pocas que duró. Una tarde en la que yo me empeñaba en decirle lo que era, y él lo desmentía clavando los clavos que posteriormente dolería tanto poder ir arrancando.
Le dije la verdad, le dije las palabras que me dolía pronunciar pero ciertas. Colgué el teléfono. Me serené exteriormente mientras que mi interior ardía, aún sin saber muy bien por qué. Apagué el teléfono y él hizo lo peor que podía hacer. Acudir a mi berrinche. Acudir a desmentir lo que había dicho yo. A cubrirlo de falsedad. A decir palabras que el tiempo haría dolorosas. Palabras que se convertirían en alfileres torturadores días y días. Palabras que puedo recordar como si hubieran sido pronunciadas esta misma tarde.

En cuanto me enteré que estaba allí me puse mi vestido favorito, mi maquillaje adecuado y la sonrisa por bandera que siempre he llevado. Y olvidé todo lo que le había dicho. En verdad no lo olvide. Lo escondí, total si no se veía no tenía que creerme todas las verdades que había soltado.

Y llegué y le encontré sentado, plácidamente, fingiéndose confundido, fingiéndose real. Fingiéndose. Y yo lo sabía. Lo peor, es que yo lo sabía, y a pesar de eso decidí fiarme de otras palabras que no fueran las mías. Pero sonaban tan bien. Sonaban tan reales…y hoy suenan tan dolorosas. Y duele, a veces, simplemente recordarlo para escribir duele.

Podría perderme en detalles, quizá insulsos, quizá grotescos, quizá irrelevantes, pero que aún recuerdo. La canción que sonó, la mirada de alguien que nos vio, el reflejo en los cristales, tantos detalles que hoy me gustaría no poseer. La calle vacía, el muro testigo de sus palabras, el dibujo de su camiseta, mi voz ingenua alegrándose por sus mentiras. Su mirada que parecía tan real. Y no puedo evitar que todos los instantes pasen ante mí como una película vista desde fuera. Como las películas mudas en blanco y negro en la que los protagonistas se mueven de manera rara. Asi veo hoy aquella tarde. Como una tira cómica que no me saca una sonrisa. Y puedo verle bajando la cabeza y pronunciando las palabras que nunca debió decir, las palabras que ni siquiera nunca debió pensar. Las palabras que yo creí.

Si todo hubiera terminado aquel día, si hubiera cumplido mis últimas palabras, hoy todo aquello no existiría, nunca hubiera titulado ese día en mi agenda como “Aquella tarde en las nubes” y nunca hubiera escrito esto, porque no hubiera dolido nunca. Lástima que el calendario no nos deje volver a atrás, volver a un tiempo en el que todo parecía más fácil. Volver a un tiempo en el que era capaz de diferenciar mis propios pensamientos. Sólo un año menos. Simplemente otro tiempo.

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