lunes, 8 de agosto de 2011

Lo llamamos odio...

El amor y el odio, tan parecidos, tan unidos, tan separados. Amamos a personas a las que una vez odiamos, y a su vez odiamos a aquellos a los que una vez amamos.

Dos sentimientos tan dispares y tan únicos que nos hacen discrepar muchas veces con nosotros mismos. Ya que en ocasiones no somos capaces de diferenciar si lo que sentimos por esa persona es el más intimo de los odios o el más ardiente de los amores.

Un día te levantas con la firme convicción de amor, y antes de llegar a la mitad del día ya has maldecido varias veces su nombre. Amamos, odiamos, ¿vivimos? No podemos evitarlo, no podemos evitar sentir. El peor de los villanos, nosotros mismos, que no sabemos diferenciar entre amar y odiar. Y entonces que cierto es eso de que entre el amor y el odio sólo distan unos centímetros, quizá menos.

El odio ese sentimiento ardiente tan similar a la pasión nos atormenta, nos grita cosas, nos llena de sentimientos insidiosos. La pasión, tan efímera, tan frágil y tan fogosa, está condenada a la temporalidad, ¿es acaso el odio su sustituto permanente?

Para muchos después de la pasión queda el cariño. Para muchos. Para otros simplemente se acaba la pasión, se apagan las luces y todo se olvida, dejando paso a ese ente al que llevo llamando odio durante todo el fragmento. Quizá no sea odio. Quizá sea odio sólo eso que no sabemos entender cuando algo acaba o cuando algo no termina como se quiere.

Odiar. Es bueno odiar. Echarle la culpa a alguien de las desdichas, del final, del principio, de la obra teatral que montamos. ¿Pero es de verdad odio a esa persona? Quizá sea el amor enmascarado y por eso son tan parecidos. Disfrazamos el amor de odio para no sentirnos mal con nosotros mismos por amar a ese ser que no debemos. ¿Es el odio sólo la máscara que le ponemos al amor cuando este nos da miedo?

Es más fácil odiar que amar, es más fácil culpar al otro y odiarle que mirar dentro de uno mismo y ver que dentro hay amor. Y a todos nos gusta lo fácil. Rasgar los papeles, perder los estribos, maldecir todo lo que pasa por nuestra cabeza, pedir que le lleguen todos los peores finales… pero al final sólo quedan los susurros, las lágrimas, los abrazos vacios, los besos perdidos, los recuerdos pasados. El odio se esfuma o se va a otra parte de nuestra cabeza para hacernos caer en la cuenta que por mucho odio que queramos dejar ver, nuestra alma se deshace por amor y la máscara construida se resquebraja en pequeños pedazos dejando a la vista un pequeño corazón herido que no sabe como curarse.

3 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Estamos hechos de una pasta un poco rara, que parece compleja, pero es muy simple. Los sentimientos básicos son el motor de la vida. Y si conseguimos que lo difícil prevalezca sobre la fácil, será más fácil avanzar.

Lorena dijo...

Muy buen comentario Amando. Tienes toda la razón, los sentimientos son el motor básico de la vida. Pero a veces no podemos evitar darle vueltas a aquello sencillo. En el fondo como dice Wilde, los placeres sencillos son el último refugio de las personas complicadas; y muchas veces no podemos dejar de ser complicados.
Muchas gracias por tu comentario :)

Antonio Jiménez dijo...

Son las dos caras de la misma moneda, y lo único que indican es que estamos vivos. Aquel que no tiene ninguno de estos dos sentimientos, ya sea amor u odio, es un muerto en vida, un ser que ve pasar la vida, pero no vive la vida.