martes, 2 de agosto de 2011

La edad de la inocencia. El corsé de la inocencia

La edad de la inocencia, gran título, gran película, gran libro. Capaz de sacarme las lágrimas en dos ocasiones por motivos distintos cada vez. A veces el amor no lo puede todo, pero es que a veces el amor no lo es todo. El mundo no es tan plano como muchas veces creemos y muchas veces la magia está en esa imposibilidad, en esa moralidad que nos empuja a hacer lo que creemos correcto a pesar de que no se corresponda del todo con lo que queremos.


La moralidad, la ética, la razón que matan al corazón. Todo eso a veces escapa de nuestras manos. Nuestros impulsos más primarios querrían dejarnos abandonar por todo eso, pero al contrario nuestra cabeza ya sea en un pensamiento propio, o en el que alguien nos muestra nos hace ceñirnos a esas “formalidades” que tan bien refleja la obra.

A veces esos impulsos son sólo fantasmas que ocasionalmente se paran nuevamente en nuestro camino, que habíamos aprendido a desechar y a recordar solamente como un cuadro pintado en la pared. Pero los fantasmas a veces vuelven, a veces ya no les tememos, a veces les tememos más que nunca. A veces los buscamos porque creemos que no podemos vivir sin ellos…

¿Vivimos acaso encorsetados aún en muchas ocasiones? Por qué hablar en plural, ¿vivo acaso encorsetada en mi misma vestida de unas formalidades que sólo cuando creo que nadie ve desato? Es este mundo tan igual al de entonces…

Crecemos quizá no en el contexto de la obra citada, pero si en un contexto social que nos condiciona a la hora de rodearnos en un futuro. Las formalidades quizá no sean las de entonces, pero aun seguimos reprochando actitudes que creemos que están “faltas de decencia” por así decirlo. Vivimos apegados a un mundo en el que aunque con menos florituras nos gustan que las cosas sean de una determinada manera, y si vemos que alguien no cumple esa línea, le juzgamos.

¿Quién no se ha visto en una situación que muchos tacharían de “indecorosa” y por eso ha decidido no compartirla con el resto? Nuestro mundo es más compresivo que el de entonces, nos hemos abierto a muchas cosas, pero muchas otras también siguen relegadas al cajón de lo oscuro, de lo que es mejor sólo compartir con un mundo selecto.

Las formalidades, sinónimo de rutina, sinónimo de aburrimiento. Pero incluso yo, negada a esto caigo en ellas. Todos caemos en ellas. Caemos en ese mundo encorsetado del que ansiamos salir, siempre y cuando no nos vean, no sea que aquellos que atan el corsé decidan no dejarnos volver a entrar.

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