domingo, 10 de abril de 2011

Por el placer de volver a verme...

Esos días en los que sabes que no deberías levantarte de la cama. Esos días en los que notas, justo cuando vas a levantarte que no deberías hacerlo, que preferirías refugiarte bajo las sábanas todo el día, porque tienes la certeza de que si sales al mundo vas a recibir un golpe.

No sabes qué golpe, ni porque, pero sabes que no vas a estar más protegida que ahí. Pero haces el esfuerzo sobrehumano de levantarte, de subirte al mundo aunque sea por orgullo. Siempre el orgullo. Y lo notas, lo sabes. Empiezas a desperezarte con miedo, no sabes en que esquina se esconde el villano, pero sabes que está ahí, en algún rincón de tu cabecita, preparado para asaltarte a la mínima de cambio.

Y en el momento más inesperado, cuando ya creías que ibas a sobrevivir a la mañana aparece y no puedes calmarlo, calmarte… es lo mismo. Y sabes que deberías haberte quedado bajo las sábanas a oscuras, porque la luz del villano alumbra lo que no quieres iluminar.

Y piensas, no puedes hacer otra cosa que pensar. ¡Yo soy buena! Eso te gritas y no entiendes el porqué de esas cosas que parece que se confabulan para hacerte de un día fabuloso un día horrible. Y a partir de ahí todo sale mal. Los ojos se vuelven más azules sin poder evitarlo, y no sabes por qué. Nunca sabes el por qué, sólo que hacen que se vuelvan más azules. Y la mañana es azul, pero debería ser gris. Oscura como ese no sabes qué que te atormenta. Te refugias en música, en otras cosas, te refugias en lo primero que ves, pero no basta para iluminarte hoy.

Sientes que las notas de música de ese CD de ópera que te has puesto no sirven para callarte por muy alto que resuenen en la casa. No sirven porque tú gritas más fuerte. Sin voz, pero más fuerte. Y no sabes ni siquiera él por qué.

¿Son sólo reflexiones de un mal día? Son acaso los fantasmas que siempre vuelven por las mismas fechas. Son sólo tus incontables pensamientos que les encanta fastidiarte esos días en los que no tienes nada que hacer. Pero notas que has vuelto a escribir. Algo sin sentido pero legible. Legible al menos por ti, porque como todo no tiene ningún sentido, más que el que tú le puedes dar a esas palabras. Son sólo palabras. Otra vez palabras. ¿Otra vez sentidos? Y no hay nada que hacer, sabes que vuelves a perder la batalla, aunque has perdido tantas que quizá lo perdido sea la guerra. Pero eres demasiado terca para rendirte ya. ¡Qué importa si has perdido si aún no se han firmado las capitulaciones! Sabes que tienes que seguir luchando aunque tengas la derrota asegurada, pero tienes que luchar. Pero luego te asaltan las dudas. El maldito para qué. Y te das cuenta que estás volviendo a interponer el pensamiento en una guerra de instintos a la que nunca haces caso.

Pensar. Nuevamente ese verbo incansable que se aferra a mí. Pensar. Pero cuando no has pensado te has estrellado. Pero cuando lo has hecho también. Y ¿qué hacer entonces? No lo sabes, nadie lo sabe. El mundo es infinito, todo es infinito. El pensamiento, la estupidez, el bucle de la vida es infinito, pero nosotros… sólo somos seres finitos, limitados, incapaces de abarcar todo. Y sientes la injusticia de algo que no entiendes, porque te gustaría entender todo y no lo entiendes. Como vas a entender algo más allá de ti misma, si ni siquiera eso lo entiendes.

Y cualquiera que me lea pensaría que desvarío. Puede ser, a veces los accesos de locura son tan bellos, y en esa locura me gustaría encontrar el botón de desaparecer y volver a empezar. Pero no se puede. No podemos desaparecer y jugar con el tiempo. Es el tiempo el que juega con nosotros. No olvidemos lo que dijo el escritor, sólo somos juguetes del destino. Si es que este existe, porque puede que no exista, que sea otro de nuestros errores para entender la injusticia que nos rodea, puede que sea esa excusa para dejarnos guiar porque sabe qué.

Y sólo escribo, sin pararme a pensar en lo que digo, sólo escribo. Nada más bello que las palabras para vaciar la angustia, para vaciar el ser. ¿Y que será de mí hoy? Sólo es un día en que me he levantado con el pie izquierdo con ganas de reflexionar. Por el placer de volver a hundirme, por el placer de volver a escribir. Por el placer de volver a verme…

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