Hay decisiones que se toman sin
saber cómo se ha llegado a ese punto. Días que generan ese cambio como un nuevo
anochecer en un mundo donde sólo hay luces artificiales. Los focos no perviven
eternamente y la noche cae, y con ella los pensamientos que mantenemos a raya
constantemente y que esperan ese momento de debilidad para colarse y desesperar
nuestra cabeza.
Dos opciones. El continuismo o la
ruptura. Lo aparentemente fácil, frente a lo que nos da miedo no cumplir.
Finalmente aparecen los miedos, siempre los miedos, tan presentes en nosotros
mismos como los charcos de agua en días de lluvia. Pero es hora de decidir,
seleccionar tu tolerancia al riesgo y decidir.
No sé sabe si será mejor o no,
quizá eso sea lo bueno de la incertidumbre que vislumbras. Pero sabes que el
camino andado ya no sirve, qué necesitas trabajar en uno nuevo, en uno
diferente, en uno que no lleve tus pasos a donde los ves encaminar. Vivir anclada
a un pasado de recuerdos, vivir anclada a la dicotomía personal del alma. A la
duda imperceptible de su existencia o no.
Dos opciones. Lo mundano o lo
divino, ascender o descender, Dios o Satán… ojalá tuviera que decidir en eso. Sin
embargo en esta ocasión los límites que separan ambas opciones son demasiado
difusos, tanto como una mancha de agua en la madera. Moverse por la línea de
ambos ha sido siempre la opción, pero ya no sirve. Caminar al filo del cuchillo
como se suele decir ha empezado a ser molesto, ha empezado a cortar la piel, aunque
esta parezca impoluta frente al espejo.
¡Ojalá pudiéramos vernos el
interior como nos vemos la cara en el espejo! Pero ni siquiera así sería fácil
ver qué guardamos. Ver nuestros yos sin necesidad de abrirnos las venas en el
intento.
Y sabes que lo que pretendes
dejar es casi como una adicción. Un modo de ser que has desarrollado desde que
tienes uso de razón, un mecanismo de defensa que se ha vuelto en tu contra sin
darte cuenta de ello, pero que ya no estás segura de querer seguir soportando.
La mente, la materia, el alma ¿y qué importa? ¿acaso importa cuando te vas a
dormir de qué estás hecho?
Buscas al enemigo en todos los
sitios queriendo aniquilarlo y sin embargo sólo lo encuentras ahí. Cuando de
repente te fijas en el reflejo que te devuelve el cristal de la ventana y te
descubres sonriéndote a ti misma, casi disfrutando por una propia tortura que
ni siquiera eres consciente de que te infliges.
Y por eso decides dejar de ser un
rostro impenetrable tras unos labios pintados, un simple espectro que camina
por la calle. Cuando te quitas todo el maquillaje de la cara, cuando despintas
tus labios y te despeinas el pelo. Es entonces cuando te pones los guantes de
trabajo y empiezas a construir lo que esperas que sea un nuevo camino, sin
focos artificiales, sólo la luz de un sol que tarde o temprano será capaz de
romper el hielo y descongelarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario