Iba corriendo por la casa,
en pijama, sin bata y chillando como se tiene que chillar un 6 de enero,
deseosa de ver que la esperaba en el salón. Los Reyes siempre llegaban al
salón, entraban por la ventana de la terraza donde ella les dejaba chocolate,
turrón, un cubo con agua para los camellos y esas cosas. Lo sabía porque siempre
se dejaban la puerta o la ventana abierta, señal de que iban con prisa.
Llego al salón despertando a toda
la casa y lo vio, allí había de todo. Todo lo que hubiera podido querer estaba
allí. El muñeco que vio en el Corte Inglés que tanto le había gustado vestido
de príncipe, la barbie vestida de verde a la que le podías cortar el pelo, la
casita de muñecas que había construido su abuela se había llenado de todos los
muebles que le gustaban, vestiditos de muñecas, vestiditos para ella, y en el
medio del salón, una bici roja con su cestita y su timbre. Libros de cuentos,
y en la puerta que iba a la terraza había un juego de café con tazas rojas y cubiertos azules,como si lo hubieran recordado cuando ya se iban. Ese año los Reyes habían descargado todo en su casa, ¡No se
lo podía creer!
Era imposible pararla, reía,
jugaba, y se fue corriendo a la habitación donde apenas la dejaban entrar. La
habitación de mamá. Quería saber que la habían traído a ella, y jugar y
prepararla té de juguete en sus nuevas tazas, y salir al parque con su nueva
bici, aunque ella ya no salía de casa nunca. Puede que fueran los Reyes más abundantes
de su vida, tanto que los recordaría siempre. Guardaría aquella bicicleta
incluso 18 años después sin intención de deshacerse nunca de ella y sería capaz de enumerar cada regalo de aquel día,
sabiendo que realmente no la habían traído lo que ella había pedido, aunque en
ese momento creyó que sí. Poco más de un mes después, se iría aquello que nunca
podría comprar, ni regresar para poder jugar.
Nunca más se volvería a decorar
su casa en Navidad, y nunca más habría otra mañana de Reyes como aquella.
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