sábado, 5 de enero de 2013

6 de enero de 1995

Se levantó aquella mañana como cualquier niño de Madrid con la ilusión encendida esperando descubrir que habían podido traerle los Reyes Magos. Habían sido unas Navidades raras donde todo el mundo se había empeñado en ser feliz, donde las sonrisas únicamente estaban pintadas en los rostros de la familia. Ella lo veía, siempre había visto todo y sin embargo no decía nada. Ya pasaría, pensaba. Aunque en su fuero interno sabía que aquel año que había empezado no iba a terminar bien. Ya tenía instinto incluso entonces.

Iba corriendo por la casa, en pijama, sin bata y chillando como se tiene que chillar un 6 de enero, deseosa de ver que la esperaba en el salón. Los Reyes siempre llegaban al salón, entraban por la ventana de la terraza donde ella les dejaba chocolate, turrón, un cubo con agua para los camellos y esas cosas. Lo sabía porque siempre se dejaban la puerta o la ventana abierta, señal de que iban con prisa.
Llego al salón despertando a toda la casa y lo vio, allí había de todo. Todo lo que hubiera podido querer estaba allí. El muñeco que vio en el Corte Inglés que tanto le había gustado vestido de príncipe, la barbie vestida de verde a la que le podías cortar el pelo, la casita de muñecas que había construido su abuela se había llenado de todos los muebles que le gustaban, vestiditos de muñecas, vestiditos para ella, y en el medio del salón, una bici roja con su cestita y su timbre. Libros de cuentos, y en la puerta que iba a la terraza había un juego de café con tazas rojas y cubiertos azules,como si lo hubieran recordado cuando ya se iban.  Ese año los Reyes habían descargado todo en su casa, ¡No se lo podía creer!
Era imposible pararla, reía, jugaba, y se fue corriendo a la habitación donde apenas la dejaban entrar. La habitación de mamá. Quería saber que la habían traído a ella, y jugar y prepararla té de juguete en sus nuevas tazas, y salir al parque con su nueva bici, aunque ella ya no salía de casa nunca. Puede que fueran los Reyes más abundantes de su vida, tanto que los recordaría siempre. Guardaría aquella bicicleta incluso 18 años después sin intención de deshacerse nunca de ella y sería capaz de enumerar cada regalo de aquel día, sabiendo que realmente no la habían traído lo que ella había pedido, aunque en ese momento creyó que sí. Poco más de un mes después, se iría aquello que nunca podría comprar, ni regresar para poder jugar.
Nunca más se volvería a decorar su casa en Navidad, y nunca más habría otra mañana de Reyes como aquella.

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