sábado, 10 de noviembre de 2012

"Todo sabía a ceniza en su boca"

Últimamente no soportaba los fines de semana. La llegada del viernes por la tarde implicaba el inicio de esas horas hasta el domingo por la noche, esas horas que cada día soportaba menos. Interminables horas vacías. Pero no era por falta de cosas que hacer, sino por falta de voluntad para hacerlas. La desmotivación le golpeaba cada fin de semana, cada sábado, cada domingo… no querer hacer absolutamente nada. Pero eso se convertía en un círculo que le aprisionaba aún más. No hacer nada le llevaba a sentirse aún más desmotivada, más derrumbada y culpable por no hacer lo que se suponía debía hacer.

Esas cosas que quedaban pendientes de su desmotivación se acumulaban, mientras ella sólo deseaba que llegase el fabuloso lunes y volver a subirse a una semana planeada al segundo, aún más frenética que la anterior, buscando el objetivo  de no parar ni un instante. De lunes a viernes, de 9 a 21, clase, gimnasio, biblioteca… lo que fuera. Levantarse por la mañana, tardar un par de horas en subirse a la vida, y terminar llegando a casa lo más agotada posible, esperando conciliar el sueño que solía tardarle en llegar.

Y entonces llegaba el viernes. La gente hacía sus planes. Ella debería hacer los suyos, pero de repente todo lo que había ido apartando durante la semana tiene espacio y tiempo libre para saltar a escena. Nada importante. Pero ella nunca había sido capaz de dejar la mente en blanco. Series, películas, libros, música… todo lo posible que permitiera no desprenderse del pijama durante esas 48 horas que esperaba que se acortaran por algún extraño mecanismo. Ningún plan conseguía hacerla salir, motivarla lo suficiente. Estaba cansada de lo habitual, o quizá de la vuelta a lo habitual… y era como aquella frase que escuchó alguna vez “todo sabía a ceniza en su boca”.

Quizá durante la semana únicamente se pasase doce horas diarias fuera de casa, porque lidiar con lo del dulce hogar la agotaba. Fingirse interesada por las banalidades que pasaban allí la dejaban exhausta. Llevaba mucho mejor la soledad de su propia mente. Era capaz de pasarse horas en silencio consigo misma, con sus libros, con sus cosas, con sus pensamientos, con sus locuras, con sus estupideces, con sus reflexiones incongruentes… pero tener que fingir una conversación insulsa y vacía con gente que no la comprendía, ni la comprendería jamás era una tarea que le resultaba tan tediosa como contar hojas en un bosque.

Al menos pronto llegarían los exámenes, encerrarse a estudiar, una obligación real con la que nada tuviera que ver aquella falta de motivación y voluntad, una actividad mecánica, sentarse en la biblioteca y abstraerse del mundo, le parecía el mejor plan posible entre manos.

Y sólo podía pensar que ya quedaba menos…  el lunes estaba cerca y de repente le agradaba hasta la idea de madrugar.

No hay comentarios: