Últimamente no soportaba los
fines de semana. La llegada del viernes por la tarde implicaba el inicio de
esas horas hasta el domingo por la noche, esas horas que cada día soportaba menos.
Interminables horas vacías. Pero no era por falta de cosas que hacer, sino por
falta de voluntad para hacerlas. La desmotivación le golpeaba cada fin de
semana, cada sábado, cada domingo… no querer hacer absolutamente nada. Pero eso
se convertía en un círculo que le aprisionaba aún más. No hacer nada le llevaba
a sentirse aún más desmotivada, más derrumbada y culpable por no hacer lo que
se suponía debía hacer.
Esas cosas que quedaban pendientes
de su desmotivación se acumulaban, mientras ella sólo deseaba que llegase el
fabuloso lunes y volver a subirse a una semana planeada al segundo, aún más frenética
que la anterior, buscando el objetivo de
no parar ni un instante. De lunes a viernes, de 9 a 21, clase, gimnasio,
biblioteca… lo que fuera. Levantarse por la mañana, tardar un par de horas en
subirse a la vida, y terminar llegando a casa lo más agotada posible, esperando
conciliar el sueño que solía tardarle en llegar.
Y entonces llegaba el viernes. La
gente hacía sus planes. Ella debería hacer los suyos, pero de repente todo lo
que había ido apartando durante la semana tiene espacio y tiempo libre para
saltar a escena. Nada importante. Pero ella nunca había sido capaz de dejar la
mente en blanco. Series, películas, libros, música… todo lo posible que
permitiera no desprenderse del pijama durante esas 48 horas que esperaba que se
acortaran por algún extraño mecanismo. Ningún plan conseguía hacerla salir,
motivarla lo suficiente. Estaba cansada de lo habitual, o quizá de la vuelta a
lo habitual… y era como aquella frase que escuchó alguna vez “todo sabía a ceniza en su boca”.
Quizá durante la semana únicamente
se pasase doce horas diarias fuera de casa, porque lidiar con lo del dulce hogar la agotaba. Fingirse
interesada por las banalidades que pasaban allí la dejaban exhausta. Llevaba mucho
mejor la soledad de su propia mente. Era capaz de pasarse horas en silencio
consigo misma, con sus libros, con sus cosas, con sus pensamientos, con sus locuras,
con sus estupideces, con sus reflexiones incongruentes… pero tener que fingir
una conversación insulsa y vacía con gente que no la comprendía, ni la comprendería
jamás era una tarea que le resultaba tan tediosa como contar hojas en un
bosque.
Al menos pronto llegarían los
exámenes, encerrarse a estudiar, una obligación real con la que nada tuviera
que ver aquella falta de motivación y voluntad, una actividad mecánica,
sentarse en la biblioteca y abstraerse del mundo, le parecía el mejor plan posible
entre manos.
Y sólo podía pensar que ya
quedaba menos… el lunes estaba cerca y
de repente le agradaba hasta la idea de madrugar.
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