domingo, 5 de junio de 2011

El muro que se cae

Llega un punto en el que te preparas para cualquier tipo de situación menos para justo la que te encuentras. A veces nuestra cabeza es muy imaginativa, pero la solución fácil se nos escurre de las manos. Somos seres complicados y como dice Wilde en lo último que pensamos es en lo sencillo.

No sabemos cómo reaccionar, a veces cuando crees que ante una determinada situación puede haber lágrimas, las hay pero son de risa. A veces piensas que temblarás de emoción y lo haces de frío. A veces crees que serás capaz de volver a sentir y sin embargo no hay ningún tipo de sentimiento en tus venas.

Llevo un tiempo encallada en el vacío e intentando salir de él como sea. El último intento fue abrirme una herida cerrada, o intentar abrirla. Prefería el dolor a la nada. Pero no sirvió de nada, hay cosas que se cierran y que por mucho que aspires a abrirlas es imposible. Cosas que ni siquiera uno sabe lo cerradas que están. Son esos muros que crees que hay y que piensas que si vas hacia ellos te estrellaras y despertarás del letargo, pero no. El muro desaparece, cambia, se evapora, porque todo es cambiante, y nada perdura o casi nada. Y entonces ¿contra qué nos chocamos?

Debería alegrarme por no haberme roto la cara de nuevo contra esa pared, y sin embargo eso implica que mis temores se confirman. Se confirma que he cambiado lo suficiente como para ser capaz de no verme afectada por ello. El mismo muro que consiguió cambiarme ya no me afecta.

¿Será que ya nada puede afectarme en ese aspecto? ¿Será que me he congelado? Y la nada se atreve a decirme que soy rara y que estoy medio loca. Puede ser. Puede que sea rara, incluso muy rara, pero diré que en la locura reside la mayor cordura del ser humano.

Y sólo recuerdo las risas, por una vez sólo recuerdo las risas, la sensación de no querer parar de reír, incluso cuando una parte de mi mente me decía que debía llorar. Y sólo risas.

Me preocupo nuevamente por saber que parte de mí se ha convertido en hielo y como ser capaz de descongelarla. ¿Me he repetido tantas veces que sólo puedo amar unos zapatos y una Ley que no soy capaz de sentir más allá de lo básico y pasional? Todo pasa…supongo, espero… y sólo puedo acordarme de aquella rima de Bécquer en la que dice “siquiera padecer es vivir”.

La primavera se llevará los últimos trazos de aquel conjunto de ladrillos, hay que ser capaz de seguir adelante sin mirar más allá de los próximos diez minutos, septiembre volverá, pero sólo como un mes más en el que los árboles empiezan a amarillear…

Os dejo también el poema de Bécquer al que me refiero:

Rima LV


Hoy, como ayer, mañana como hoy,
y ¡siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,
y ¡andar..., andar!

Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón;
la torpe inteligencia, del cerebro
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándolo sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar;
gota de agua monótona que cae,
y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer..., y todos ellos
sin goce ni dolor.

¡Ay!, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir...
¡Amargo es el dolor; pero siquiera
padecer es vivir!

-Gustavo A. Bécquer-

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