martes, 2 de abril de 2013

Sólo quería que la dejarán sin palabras

Tenía los labios destrozados de los besos que le faltaban. No es que no besara, es que simplemente besaba vacíos en noches lóbregas, que gastaban los minutos de aquel reloj que bramaba en algún punto de su mente. Sentía que perdía un trocito de alma en cada uno de los besos que malgastaba en el proceso de búsqueda de aquellos labios que le devolvieran la razón del ánima descongelada.

El alma... Cuantos quebraderos de cabeza le daba aquella no sustancia que no se sabía ni quiera si existía o no. El alma. La idea de no tenerla le torturaba como una flagelación impuesta por un estado mayor que nadie conocía. No podía evitar aquel temor, y cuando sentía necesidad de destrozarse investigaba aquellas situaciones en las que ella creía que podía perder el espíritu. Besos que no la aportaban nada, simples castigos que establecía un juez sin toga que estaba en su cerebro.

Pasar las noches en brazos sin identidad eran meras formas de tolerar un tiempo sin palabras, navegar en un río por aburrimiento, o construir la idealidad partiendo de una nada efímera, únicamente por el placer de construir y destruir, como el arquitecto fracasado que juega con piezas de lego en una habitación siniestra. Era el mundo de su cabeza que nada tenía que ver con el del resto. El mundo sin mundo. El alma sin alma. La vida inventada de los sentidos que no le daba permiso a nadie para conocer porque a nadie le correspondía.

Se enamoraba y se desenamoraba usando aquella palabra como una más de un diccionario maléfico que le clavaba astillas bajo las uñas. Se entretenía y disfrutaba con acciones que rozaban los límites de la incomprensión mientras buscaba una locura que con probabilidad hubiera leído en algún lugar. Y no le importaba, no le importaba en absoluto dónde estaba el límite en aquel aspecto. Sólo le afectaba ese sentir de ausencia, y por tanto si no tenía alma, perder un poco más de algo que no se posee no incumbía.

Al fin y al cabo solo era una niña a la que le encantaba jugar, disfrutar con el proceso sin tener en cuenta el resultado. No importaba el fin, importaban los medios. Una vez llegado el último punto aparecía el aburrimiento y había que empezar de nuevo. Una y otra vez. Una y otra vez el mismo procedimiento. La repetición mecánica que no sabía romper. Qué no sabía si quería romper. La vida de los procesos repetidos. en los tiempos de caminos invertidos. Aquella forma de amar con la mirada, aquellos pestañeos en la oscuridad que apenas despeinaban. Aquellas llamas sin fuego y aquellos besos sin dogma. Neciamente aquella forma de pasar…insulsos sueños huérfanos de propiedad.

Guardaría siempre esos besos de vacío sobre los que escribió alguna vez, besos sin nombres, o cuya identidad no importaba, porque un nombre se inventa, se pierde o se olvida. Pero a fin de cuentas esos besos que destrozaban eran suyos. Mucho más suyos que aquellos que sabía que le faltaban.

Y ella... Ella sólo quería que la dejaran sin palabras