martes, 22 de mayo de 2012

Simplemente os dejaré un adelanto

He prometido esta tarde mi última entrada desde Glasgow en este blog, pero sinceramente no me siento capaz de expresar con claridad todo lo que quisiera decir, y prefiero posponer mis pensamientos para un momento de mayor lucidez.

Simplemente os dejaré un adelanto. No soy la misma persona que llegó en Septiembre y probablemente nunca lo vuelva a ser. Me llevo conmigo un trocito de esta ciudad en el alma y la amistad de personas maravillosas e increíbles a las que sé que tendré cerca siempre.

No debo estar triste porque esto no es un final, simplemente es un punto y seguido.

domingo, 6 de mayo de 2012

Recuerdos

A veces uno debe olvidarse de los recuerdos malos de la historia y quedarse sólo con los buenos. A veces el conjunto de ambos es más clarificador sobre tu propia vida.  Soy una persona con una memoria que tiende a ser selectiva. No sé en que punto eso es bueno o malo, pero sé que tengo muchos recuerdos en el alma, que se atesoran como las piedras más preciosas que se puedan tener.

Tengo 23 años, y nunca podré mirar las nubes sin recordar que para ella parecían algodón de despintar las uñas, y que por eso a veces estaban negras, o rojas, porque dependía del color de uñas que hubieran quitado. Puedo recordar el mismo instante en que dijo esa frase, igual que muchas otras.

Puedo recordar las inspecciones a mi “hucha cerdito” cuando necesitábamos calderilla. Una hucha que era una trampa porque la única forma de sacar lo de dentro era romper al pobre cerdito y sacar las moneditas con un cuchillo por la rendija era toda una odisea. Pero siempre lo conseguíamos y a día de hoy, el cerdito sigue vivo a los pies de mi cama, sin ninguna moneda dentro, pero pintado como una puerta de las mil cosas que le hacíamos.

Puedo recordar cuando las lentejas se vendían “silvestres” y había que seleccionarlas para quitarles las malas o los bichitos que podían tener y una vez estuvieran limpias meterlas en agua. Esa sensación de meter las pequeñas manos en las lentejas es algo que aun cuando compro lentejas tengo la costumbre de hacer, hundir la mano y sentir como se escurren entre los dedos intentando no ser cogidas.

Puedo recordar cómo le gustaban los huevos, o como le encantaba dibujar sus propios vestidos. Como tenía un cuaderno con todo lo que quería hacer en la casa y nunca hicimos, sus poemas, sus canciones, sus recetas…

Pero también puedo recordar el día que se la llevaron por primera vez, puedo recordarlo tan nítido como si hubiera sido ayer, cada detalle, cada sensación interna de una niña que no sabía lo que pasaba, pero que a la vez su interior lo sabía todo. Recuerdo la primera visita al hospital, recuerdo que aún eran televisiones de monedas las que había y no encontrábamos máquina para cambiarlas. Recuerdo aquella Navidad como la primera navidad del resto de mi vida, a pesar de que hubiera habido 5 más antes. Y sobre todo recuerdo aquella vez que la eché por primera vez de menos. Recuerdo todo. Todo aquello que nunca debiera haber sucedido sigue en mi mente, y seguirá siempre ahí, igual que seguirá ella.

 MADRE
Te digo al llegar, madre,
Que tú eres como el mar; que aunque las olas
De tus años se cambien y se muden,
Siempre es igual tu sitio
Al paso de mi alma.

No es preciso medida
Ni cálculo para el conocimiento
De ese cielo de tu alma;
El color, hora eterna,
la luz de tu poniente
Te señalan ¡oh madre! Entre las olas,
Conocida y eterna en su mudanza.

-JUAN RAMÓN JIMÉNEZ-

viernes, 4 de mayo de 2012

El infierno del que tanto se habla

El mundo puede decirnos muchas cosas, de las más diversas maneras posibles que tiene de llegar hasta nosotros. Pero generalmente el mayor problema que tenemos somos nosotros mismos.

Nuestra cabeza indeleble que piensa de esa forma retorcida y sin piedad es la que nos lleva a las situaciones más angustiosas que tenemos. Es una estupidez porque probablemente sean meras pequeñeces que se agolpan en nuestra inusitada razón para hacernos vivir en una clase de ficción mental que no comprendemos.

Estamos engullidos por una masa negra que somos nosotros mismos. El mundo puede decirte que eres un ser maravilloso, que si dentro de ti no lo sientes de nada sirve. El sentimiento, que es maquiavélico hace que cabeza y corazón jueguen con un nudo de nervios o hilos, que llamamos vida.

No lo puedes explicar, no lo puedes entender, o a lo mejor simplemente no lo quieres etiquetar. Eso suele pasar. Nos escudamos en el desconocimiento del problema cuando en verdad lo conocemos, pero tenemos el mayor miedo de todos, el miedo a pronunciarlo y hacerlo real.

Unir las letras que generan esas frases que nos llevan por el camino correcto hacia el abismo. ¿Pero qué es el abismo? ¿Qué es el infierno? El infierno no es un lugar sombrío lleno de llamas y fuego. El infierno puede ser simplemente una sala impoluta y aparentemente perfecta donde la persona se martiriza. Queremos huir de algo pero no podemos porque está dentro de nosotros… ¿y no lo comprendemos? ¿O simplemente fingimos no comprenderlo por qué es más fácil de ese modo?

Los días pasan unos con otros, minutos iguales, inservibles, monótonos, vacios… el tiempo, ese imperturbable ser que nos dice que estamos anclados a algo más grande que se escapa de nosotros. Nuestra mente finita, cargada de sueños infinitos se aferra a un tiempo que malgasta en encontrar las respuestas inocuas que se supone nos harán más felices. Pero el tiempo, el desplazarse de los segundos, unos en pos de otros no se detiene, nos lleva a la fatalidad de la que todos queremos escapar. Meros esclavos de un reloj sin agujas. Eso es lo que somos.

Y nada importa, ahora nada importa y a veces sientes que matas el tiempo, y es literal. Estás matando un minuto que no volverá, un segundo que se evaporará antes de que te des cuenta, un valioso instante que ya no volverá a no ser que lo hayas llenado. Y cuando tienes acumulados tantos minutos vacios…

Detesto el tiempo que se esfuma en nuestras manos, en mis dedos. Detesto el devenir de los instantes, pero esa es la fatalidad de este mundo, el infierno del que tanto se habla: el inexorable paso del tiempo.