viernes, 25 de febrero de 2011

¿Quién es el romántico?

Últimamente tengo esto bastante abandonado. Los motivos son dos: uno la sequía literaria que llevo arrastrando desde hace un tiempo, y el otro se debe a la falta de mi ordenador, por lo que no tengo a disposición lo escrito hasta ahora. Pero como me apetecía actualizar he decidido tomar prestado un texto de un libro que empecé a leerme hace poco. Es la presentación de Frankenstein. Lo he elegido porque recoge claramente ese espíritu romántico que tanto me gusta. Estoy cansada de que la gente piense que el Romanticismo es el "romance" nglés, pero no. El Romanticismo del XIX es esa revolución del pensamiento, porque como dijo Victor Hugo, "El Romanticismo es el liberalismo en literatura".
 Escritores como Byron, Shelly, Keats, Hölderlin son los que llenan mi estantería y los que deberían acompañarnos a todos. 
Así os dejo este fragmento (es un poquito largo), para que entendáis un poco a los románticos. Esos "yo" individuales que llenaron tantas páginas dignas de ser leídas.

   "El siglo XVIII, el siglo de las luces, del racionalismo a ultranza, el siglo que combatió la superstición y divinizó la ciencia, ha muerto por fin. Los hombres han salido de él más frustrados, reprimidos e inexplicables que nunca. El hombre, "el ser racional compuesto de etc..", echa una mirada alrededor y no entiende nada, sólo sabe que sufre.
   Habrán de transcurrir todavía muchos años para que Freud escriba una de sus más estremecedoras frases, "la felicidad no es un valor cultural", pero a medida que la civilización avanza el hombre se siente cada vez más alejado de sí mismo y experimenta en su propia carne aquella "infelicidad" que el médico austriaco creía patrimonio del progreso.
   Encerrado en las estrechas fronteras de una razón utilitaria y conformista, hecha a la medida de una burguesía que ve consolidar sus posiciones y que mide las conquistas humanas usando el patrón de su bolsillo, oprimido por todo tipo de convenciones sociales, religiosas y morales, el hombre se siente cómo en su interior sigue abierto el pozo, cada vez más profundo, de la insatisfacción y el desasosiego. 
   Y la rebelión estalla. La juventud, nacida con el reciente siglo XIX en el seno de las mejores familias, enarbola la bandera de lo irracional y se lanza a la creación de las reacciones vitales que más fecunda ha sido en el campo artístico y literario. De la ciencia esclerotizada y la mezquina razón dieciochesca nace el monstruo idealista, los suicidios precoces y el culto al mal, a las más oscuras tendencias humanas que informan el romanticismo.
   ¿Un paso atrás en el devenir histórico? Aquellos sapientes y barbudos individuos dedicados con furor a la tarea de ordenar, clasificar y legalizarlo todo, aquellos sacrificados mártires de la ciencia empeñados en encontrar explicaciones racionales a todos los fenómenos y, por un perfecto mecanismo de defensa, en negar, ridiculizar o tachar de fantástico o inexistente lo que escapa a su comprensión; aquellos severos moralistas que se refocilaron en una bacanal de leyes y códigos, divinos o humanos, dan paso a una generación que escupe su desprecio por las reglas, que maldice la "normalidad" y "las buenas costumbres", lanzándose con pasión a explorar lo insólito lo irracional y lo increíble.
   Pasión versus razón. ¿Es ésta la disyuntiva? Tal vez, pero en todo caso razón engendra pasión, porque el hombre, "el ser racional", descubre que han convertido su cerebro en una cárcel.
   Ciertamente, el tránsito del siglo XVIII al XIX es, al mismo tiempo un paso de lo real a lo fantástico, de lo deducido a lo imaginado, de lo pensado a lo sentido, porque el hombre comienza a experimentar en sí mismo que lo real, lo deducido y lo pensado pueden ser, en resumidas cuentas, unas magníficas orejeras que le fuercen a mirar en una sola dirección, en la más conveniente - ¿para quién? - mientras le impiden la visión de regiones imprescindibles, sus propias regiones, los oscuros recovecos de su espíritu que un largo período de tabús y restricciones ha ido poblando de telarañas y monstruos.
   [...]
  Al llegar aquí todo se confunde y debemos cerrar el libro de lo sobrenatural. Sí, Goya estaba en lo cierto y "el sueño de la razón produce monstruos" porque, liberados de la vigilancia de su dormido carcelero, los monstruos abandonan los secretos rincones de nuestra humanidad para, frugalmente, dejarse entrever; pero, y esto Goya no lo dijo aunque sus magníficos pinceles lo expresaron muy claramente, los monstruos más terroríficos, los únicos verdaderamente terroríficos, son los que crea, despierta y bien despierta, esta razón ridícula y estrecha que siglos de cuidadosa castración han ido depositando sobre nuestras espaldas.
  [...]
   Razón y pasión, realidad e imaginación son los dos términos antitéticos de una dialéctica todavía en vigor: "La imaginación al poder" exigía un cartel murar durante la revolución de mayo del 68 en París. Y los monstruos tienen algo que decir en esta dialéctica, esos monstruos que se cargan de las más oscuras potencias humanas, esos monstruos que todos llevamos dentro."
 
 - MANUEL SERRAT CRESPO - 

miércoles, 9 de febrero de 2011

Tú y yo

Tú y yo. Un poema compartido con quien me enseñó a escribir.
Muy real con lo que viene siendo mi vida, siempre entre imposibles.


Tú, yo
un sueño imposible
dos caminos paralelos
que nunca se unirán.

Yo, tú
el beso perdido
la esperanza rota
como lágrimas de un mar.

Yo y tú
un manantial,
un río de amor
algo que no pudo ser.

Tú y yo
dos voces perdidas
dos miradas alejadas
en este mundo cruel.

Dos amantes
que se miran
con tristeza,
con pasión.

Dos almas
olvidadas
que esperan
el amor.

Un sueño eres tú
y otro soy yo.

martes, 8 de febrero de 2011

Ocho de febrero. Dieciséis años despues.

Febrero. El mes de los oscuros recuerdos. El mes donde se guardan las pisadas de un pasado. Ocho de febrero. El día en que las lágrimas siempre vuelven. Pero tú no. El día donde me ahogué. El día en que renací. Siempre contigo. Siempre sin ti. Nunca podrá ser un día más. Siempre será el día oscuro. Siempre. El día que te fuiste para no volver, el día que nos abandonaste sin piedad, el día que decidiste dejar de seguir adelante. Ocho de febrero, la fecha que guardaré siempre porque olvidarla sería borrar el recuerdo de que estuviste conmigo alguna vez.

Sin ti no hay sentido

Vi al final de la noche la luz,
la luz de los sueños que en el agua se escondía,
se iban ocultando los recuerdos del pasado,
se iban ocultando algunas de las últimas desdichas.

Querida Madre de mi alma,
querida Madre de mi vida.

Ya no estás aquí, sentada a mi lado,
te echo tanto de menos mi fiel guía,
esta alcoba es tan pequeña para mi corazón,
la tristeza es tan grande para esta casa vacía.

Querida Madre de mi alma,
querida Madre de mi vida.

Hoy estoy esperando una palabra tuya,
una marca para guardar en este feliz día,
pienso las ganas de verte que tengo,
siento las cenizas de la llama antes encendida.

Querida Madre de mi alma
querida Madre de mi vida

Te quiero, te añoro, te olvido…
esta pena ya con nada se quita,
eres tan importante en este camino,
estoy sin ti en este mundo tan perdida,
el cielo se vuelve negro como mi alma,
¡y si tú no estás las flores dulcemente se marchitan!

domingo, 6 de febrero de 2011

Ni siquiera así me dolería menos

Si me hubieran arrancando el corazón
y se lo hubieran dado a los perros.
me dolería menos.

Siempre me mantuve fiel al sentimiento,
y nunca quise ver más allá de lo que mostraste
mi alma sabía más de lo que quería,
pero no servía para dejar de amarte.

Me repetí mil veces que no me había enamorado
me repetí mil veces que te todo era ilusión,
mas metía a mi cabeza en un cúmulo de dudas
e intentaba ganar con éxito a la desecha pasión.

Si me hubieran apuñalado con dagas
y abrasado mi razón con celos.
me dolería menos.

El cielo clamaba con rayos de plata el día
y mi espíritu completo yacía indomable,
hasta que de los labios más cercanos que esperaban,
susurraron las palabras en un tono suplicante.

Descorrieron de golpe el velo de la duda,
despertaron el ánima ahogada de mi voz
hicieron pedazos mi esperanzada guía
dejaron ya la pérfida huella en mi hundido interior.

Si me cegaran por siempre los ojos
y me clavaran en hierros
me dolería menos.

Si estrangularan mi voz
y redujeran mi dignidad a cero
me dolería menos.

Si dejase de sentir mi alma
y no fuera más que un vil desecho
ni si quiera así me dolería menos.